El término «síndrome de ovario poliquístico» data de mediados del siglo XX. Describía lo que los médicos veían en la ecografía: múltiples pequeñas estructuras en los ovarios que denominaron «quistes». Sin embargo, estas estructuras no son quistes patológicos: son folículos, es decir, pequeñas bolsas que contienen ovocitos que no han completado su maduración [2]. Un nombre basado en una observación que resultó ser engañosa.
Este malentendido tuvo consecuencias muy reales durante décadas.
En primer lugar, encerró la enfermedad en un marco puramente ginecológico. Muchas mujeres, y muchos profesionales de la salud, pensaban que se trataba de un problema ovárico aislado, que debía tratarse principalmente desde la perspectiva de la fertilidad. Sin embargo, el SOPK es un síndrome que afecta a todo el cuerpo: las hormonas, el metabolismo, la piel, el peso, la salud cardiovascular y la salud mental [1][3].
Luego, este nombre contribuyó a retrasos en el diagnóstico importantes. Según la OMS, hasta el 70 % de las mujeres afectadas no habrían sido diagnosticadas [4]. Cuando una mujer consulta por acné, un aumento de peso inexplicable o fatiga, no siempre se establece la relación con un «síndrome de ovario poliquístico», precisamente porque el nombre orienta la atención hacia los ovarios y no hacia la globalidad del cuadro clínico.
Por último, la palabra «poliquístico» generó una estigmatización innecesaria. Evoca una patología grave, quistes que deben extirparse, incluso una anomalía estructural de los ovarios. Sin embargo, es perfectamente posible tener un SOPK sin presentar folículos múltiples en la ecografía y, a la inversa, tener ovarios denominados «poliquísticos» sin sufrir este síndrome.