Cuando un estudio concluye que la ashwagandha «mejora el sueño», la primera pregunta que conviene hacerse es qué se ha medido exactamente. Los investigadores disponen de dos tipos de herramientas, que no siempre arrojan los mismos resultados.
Conciliación, duración, calidad percibida: parámetros diferentes
Las mediciones objetivas suelen basarse en la actigrafía, un pequeño sensor que se lleva en la muñeca y registra los movimientos durante la noche. Permite estimar el tiempo necesario para conciliar el sueño (es decir, la latencia del sueño), la duración total del sueño, el tiempo de vigilia durante la noche y la eficiencia del sueño, es decir, la proporción del tiempo que se pasa en la cama durmiendo realmente.
Las mediciones subjetivas, por su parte, se basan en cuestionarios: el índice de calidad del sueño de Pittsburgh (PSQI), una puntuación sobre la calidad del sueño asignada por los propios participantes o la sensación de estar plenamente alerta al despertar. Aunque estas mediciones reflejan una percepción personal, son igual de importantes cuando existen dificultades relacionadas con el sueño.
En algunos ensayos realizados con el extracto de raíz KSM-66 [6] [7] [8], ambos tipos de parámetros evolucionan de forma más favorable que con un placebo: se tarda menos en conciliar el sueño, mejora la eficiencia del sueño, aumenta la calidad percibida y mejora el estado de alerta al despertar. Un ensayo realizado en adultos sanos con otro extracto estandarizado (Shoden) [5], a una dosis y una concentración diferentes, apunta en la misma dirección. De ello se desprende una precisión importante: los extractos de ashwagandha no son intercambiables, y los resultados obtenidos con uno no se pueden extrapolar automáticamente a otro.
Un efecto más marcado en quienes duermen mal
Un ensayo incluyó a dos grupos [8]: personas voluntarias sin trastornos del sueño y personas con insomnio. El sueño mejoró en ambos grupos con ashwagandha, pero de forma más marcada entre quienes tenían insomnio, que tardaron menos en conciliar el sueño.
Un metaanálisis publicado en 2021 [3], que reunió cinco ensayos aleatorizados, apunta en la misma dirección. Sus autores describen un efecto pequeño, pero significativo, sobre el sueño en general. En sus análisis por subgrupos, este efecto parece mayor en adultos con un diagnóstico de insomnio y con dosis de al menos 600 mg al día. También observan una mejora del estado de alerta al despertar y una conciliación del sueño más rápida.
Lo que los estudios no dicen
Los resultados de los estudios sobre la ashwagandha y el KSM-66 son alentadores:
- El efecto es real, pero no es un medicamento. Ningún ensayo ha comparado la ashwagandha con un medicamento para dormir, y no hay datos que permitan considerarla equivalente.
- Los resultados varían de una persona a otra. Según la herramienta de medición utilizada, la mejora es más o menos clara. Por ello, los autores del metaanálisis consideran que el nivel de evidencia sobre el sueño en general es moderado.
Queda la cuestión del mecanismo. En varios de estos ensayos, la ansiedad disminuye al mismo tiempo que mejora el sueño, y los investigadores plantean la hipótesis de que parte del efecto está relacionado con esa relajación. Hemos explicado con detalle los resultados sobre el estrés en nuestro artículo «Ashwagandha y estrés».